Bueno gente, les agradezco a todos por no sé qué. Los mensajes y la vida, pero... Bue, les voy a escribir una historia.
Yo no vi el atado, pero siempre Carlos me lo nombraba (se lo había olvidado o lo había tirado, pero siempre lo nombraba). La cosa es que no estaba, y eso hacía que él se pusiera un poco nervioso.
Este que, había una columna adelante, y yo intenté entretenerlo lo más que pude para hacérsela llevar por delante, pero este pebete siempre me caló de antaño. Era un tipo muy avispado, y cada tanto me hacía caer en mi propio juego.
El otro día le quise hacer creer al pibe que le había contado un chiste a Julio Sosa (todos sabemos su humor), pero él no sé cómo se las ingenió para hacerme creer a mí y a todos que él conocía a un amigo de él, y que habían ido a comer una vuelta... Capaz que es verdad, no lo sé, porque tiene ese qué sé yo para contar las cosas...
Como te decía, él era un tipo avispado, medio malevo, uno de esos contentos que nadie puede querer de entrada; y es que eso me pasó a mí, pero las circunstancias de la vida hicieron que me acerque a él.
Igualmente tenía muchos a su alrededor, y ese liderazgo innato que tenía no se debía seguramente a su trato con los otros.
Bueno, contaba que el chabón me nombró infinidades de veces el atado, y estábamos solos. Él sabía que yo no lo tenía (y que ni sabía de su existencia), pero con esa inercia del confundido me preguntaba a cada rato.
Salimos del aquel boliche, pero él sentía alivianado su peso bajo su brazo, y eso no era ideal, porque el atado lo obsesionaba. Él acostumbraba a olvidar, dificultosamente recordaba lo pactado, y lo pactado era demasiado (es que sus amigos eran varios, y no por sociabilidad, como anteriormente dije).
Y seguía con el atado, con el paquete o con no se qué... Para colmo estábamos sólo los dos. Yo hacía que lo buscaba, pero no sabía qué quería, y él mostraba muecas de esfuerzo por recordar; y repetía: "necesito el atado y lo quiero ya" (tozudo como siempre).
Seguimos buscando por el empedrado, la luna daba siempre (no sé cómo) en el húmedo adoquín que mirara. En un momento me prendí un pucho ("fumar es un placer genial, sensual..."), y los faroles lo ameritaban.
Sentí de repente el peso de la mirada de Carlos en mi nuca, y supuse que quería un pucho. Volteé y me apretó la mirada diciéndome: "¡Claro! ¡El atado!".
Le tendí un cigarro, pero desesperadamente me ahogó el paladar con un trapo y en dos movimientos me vi en en suelo. Con el facón cortó el talón de Aquiles de mi pie derecho y el dolor hizo que dejara de ver, de oler, y sólo escuchar mis gemidos (con el trapo en la boca mucho más no podía). Carlos me ató, y una vez atado me arrancó el otro talón de Aquiles. Por ese entonces ya no distinguía a Carlos de mí. Quise gritarle, quise aferrarme a él y decirle que lo perdonaba, pero tenía que seguir atándolo, y no sabía por qué lo hacía, sólo que lo veía con el trapo en la boca y sabía que tenía que atarlo. Lo tomé en mis brazos (él ya no caminaba) e intenté calmar su dolor en sus talones dándole de beber un buen vino fuerte, pero su dolor no disminuía. Entonces para desterrar esa imagen de mí comencé a tomar vino, mucho vino, y con el facón extirpé mi ojo sano, y ya no entendí lo que siguió. Es que el dolor de talón era demasiado, y le pedí a Carlos que me dejara (con súplicas mentales). Y no pude aplacarle el dolor, y mi dolor en los ojos era tal que sentía ser él, y él ser yo, y los dolores mixtos se arrancaban la bravura y sonaba un dejo de placer, que temía ser sano y baladí, tan insignificante que ya no interesaba, ni el atado, ni los inánimes...

